Arturo Macías Descargar la guía
Arturo Macías sobre un contenedor cargado de material, en una calle al atardecer
Un martes cualquiera, descargando material. Así se parece más a mi trabajo que cualquier foto de estudio.

Fui a la universidad un día.

Uno. La verdad que no aguanté más. Durante años pensé que eso era un defecto que había que esconder, y hoy es de las pocas cosas de las que estoy tranquilo: lo que sé lo he aprendido dentro de negocios de verdad, equivocándome con dinero mío.

Esto no es un currículum. Es lo que he aprendido por el camino, que es lo único que te puedo dar.

La carta

Durante muchos años pensé que mi trabajo era vender y entregar. Captar clientes, facturar, cumplir. De lo demás ya se ocupaba mi gestor, que para eso le pagaba: un hombre preparado que iba a hacer lo que tuviera que hacer para que yo durmiera tranquilo. Yo, como mucho, juntaba las facturas y miraba que no saliera más dinero del que entraba.

Y cuando menos me lo esperaba, llegó una carta. Una carta negra de Hacienda, ya sabes cómo es. Me estaban abriendo una inspección.

Llamé a mi gestor asustado, al que se suponía que lo llevaba todo controlado, y lo único que me dijo fue que se la mandara. Cuando por fin me contestó, lo hizo con vocabulario fiscal y jurídico, supongo que para que yo dejara de preguntar. Estuve semanas sin dormir. Sin poder pensar, sin poder ni enfocarme en la empresa.

Tenía una sociedad y todo lo que había construido estaba en el aire. Y nadie me había explicado nada.

Me sancionaron. Por una cosa que yo no sabía ni que existía. Mi gestor se lavó las manos, presentó tarde un escrito que yo podría haber hecho solo, me cobró por él, y encima perdí el derecho a la reducción de la sanción.

No lo cuento para hacer drama —de eso ya hay bastante en YouTube—. Lo cuento porque tardé demasiado en entender una cosa muy simple: a los empresarios pequeños y a los autónomos no nos protege nadie.

Lo que hice después

Busqué a los mejores fiscalistas que pude pagar. Más de lo mismo. Si facturas cincuenta millones, se sientan contigo a planificar. Si eres una empresa familiar o un grupo pequeño, como el mío, esa atención te la venden en la reunión de captación y luego tienes que sacarles las cosas como en un interrogatorio.

Entonces me puse a buscar por mi cuenta. Y ahí me encontré la otra cara: los vídeos que te venden una estructura ya prepaquetizada. Una SL en Gibraltar, en Dubái, una LLC en Estados Unidos. Perdí muchísimo tiempo con eso. Llegas al final del vídeo con más preguntas que al empezar, porque te venden la máquina y no el manual: un holding es potentísimo, pero mal usado te da más problemas que beneficios.

Así que no me quedó otra que estudiármelo. Pedí los libros de mi propia empresa y me encontré cosas que llevaban años ahí sin que nadie me avisara.

Lo que he aprendido

Lo que hago ahora

Dirijo empresas en tres sectores: tecnología de punto de venta y gestión, construcción e inmobiliaria. Ninguna es glamurosa y todas dan trabajo.

La de tecnología me ha dado algo que no tiene casi nadie: a través de ella veo, cada día, los números reales de miles de negocios locales. Bares, supermercados, panaderías, talleres, tiendas de barrio. No lo que dicen que facturan: lo que facturan.

Después de veinte años, he aprendido a saber si un negocio va bien o va mal con cinco minutos dentro de su local. Y no es ningún don. Es haber visto lo mismo miles de veces.

Por qué cuento todo esto

Porque yo he sido el que no sabía. Y porque me acuerdo perfectamente de cómo se duerme esas semanas.

Pienso en un dueño que ya no tiene la energía de antes y sigue remando. Como mi madre. Como mi hermano. Como yo algunos días. Ese es para quien escribo.

No vendo atajos ni fórmulas. Lo que hago es enseñar a ver lo que ya está delante y a sostenerlo. Casi siempre el margen ya está dentro del negocio; lo que pasa es que es invisible.

Si algo de esto te ha sonado, te dejo la guía donde te enseño por dónde se escapa el dinero en un negocio local. Es gratis y no hay nada detrás.

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